¿Cuánto vale tu trabajo, docente indecente?

Cuando este año comencé a trabajar en un colegio en Concón creí que llegaba a la panacea educativa porque llegué por recomendación del director de un colegio en el que ya había trabajado. Todo parecía ser perfecto, el director que era nuevo como yo, había sido parte del equipo de gestión del establecimiento anterior y eso me hacía sentir menos nervios porque, créanme que, a pesar de llevar años trabajando, aún me pongo nerviosa cuando llego a un nuevo colegio.

La vida hizo que, a pesar que todo pintaba para maravilloso, no fuera así. Entre algunos errores míos y otros de mis superiores, terminé tomando la decisión de renunciar a mi cargo en el mes de septiembre. ¿Por qué me demoré tanto? por la razón que muchos docentes intentamos permanecer: para no perjudicar a los estudiantes. Entonces, ¿por qué decidí renunciar de todas formas? porque la situación era insostenible y creo que ningún profesional criterioso va a exponer a sus estudiantes a los cambios de ánimo que se evidencian cuando no estás cómodo en el espacio educativo donde te desempeñas.

Así fue como, seis meses después de haber ingresado al colegio, decidí renunciar. Afortunadamente, encontré trabajo en octubre en otro colegio así que no fue muy desbaratador para mi economía el haber tomado esta decisión.

Este colegio -mi actual lugar de trabajo- queda lejos de casa pero no me importa. Me gusta el ambiente que hay en la sala de profesores, me gustan los estudiantes, me gusta la estructura y lo que pretenden lograr y, si no fuera por uno que otro colega irresponsable que nos desestabiliza con sus ausencias, llegadas tarde, diría sin miedo a equivocarme que, es un lugar muy agradable para permanecer al menos un par de años. Se puede aprender mucho y creo que podría incluso combinar un estudio de postgrado con las horas de clases.

Pero… (porque siempre hemos sabido que hay un “pero” en todo, ¿no?) hay un problema. Muy a pesar que este colegio paga una pizca más que un establecimiento promedio, hay beneficios que no se ven reflejados en la liquidación de sueldo: No hay pago por contratación de horas SEP, y con esto me refiero a que no importa cuál sea tu labor (profesor titular, apoyo docente, reforzamientos, remplazos) ninguno de ellos recibe el valor hora SEP…. raro, ¿no?. Si un colega falta y te toca sustituirlo, el pago por hora es una porquería pero, si llegas 4 minutos tarde (me pasó una única vez) el descuento casi equivale al valor de los 45 minutos hechos como remplazo.

Un día escuché a un profesor (del que siento vergüenza ajena por diversos acontecimientos que me tocó presenciar) dijo:

“Bah, si me descuentan aproximadamente $2.200 por hora pedagógica semanal que no realizo, prefiero llegar a las 10:00 hrs. al colegio en vez de llegar a las 8:30 hrs. total, en un mes es ¿cuánto? ¿17, 18 mil pesos?”.

Fue ahí cuando me senté a pensar un poco acerca de mi sueldo. Esta reflexión, súper al margen de las grandes luchas por mejoras salariales que tenemos cada año en el país y en todo el mundo.

Yo siempre he dicho que me encanta mi trabajo, yo amo hacer clases pero también me gusta que me paguen bien por hacerlo. Nada tiene que ver tu vocación con la aceptación de un sueldo que apenas se compara al de una carrera técnica (sin desmerecer, pero nosotros somos profesionales).

No estoy diciendo que por el hecho de que nuestros sueldos no sean suficiente vamos a desempeñarnos de manera mediocre, sin embargo, si tienes trabajadores que pasan gran parte del día con tus hijos, el futuro del país, los encargados de trazar las directrices de nuestra sociedad… creo que lo sensato es poder asegurarles un pasar tranquilo. Insisto en que no se trata de trabajar más o mejor porque me pagan más sino que es evidente que, si no tienes que sumar al estrés de tus labores el preocuparte por cómo estiras tu sueldo para cubrir tus necesidades, entonces trabajas sin presiones externas y eso ayuda mucho a la hora de enfrentarse a una sala de clases con hasta 45 personas que confían en tí, tu criterio, tus decisiones y tu opinión.

Mucho se dice que, hoy por hoy, los profesores nos encargamos de todo lo que respecta al cuidado de un niño-adolescente y, a veces es así. Creo que esa labor no debería ser nuestra no porque no nos corresponda o porque “no nos paguen por eso”, sino porque los chicos necesitan establecer lazos firmes con sus padres que los hagas seres felices, seguros, asertivos, etc, y esa labor de amor creo, humildemente, que es una labor de familia, de hogar.

En fin, las lucas son importantes para todos pero creo que, como profesores, tenemos la desventaja de que aunque nos quejemos y refunfuñemos, no seríamos capaces de paralizar de manera indefinida la educación de nuestros niños, esa educación que hoy todos reclaman como derecho pero que tan pocos aprovechan. Ese es nuestro talón de Aquiles y esa es la razón por la que, a pesar de las marchas, las quejas, los discursos y el descontento, los profesores seguiremos contando las chauchas para llegar a fin de mes, incluyendo muchas veces, el gasto económico que hacemos con gusto para entregarles a nuestros estudiantes material didáctico que los ayude a comprender mejor los contenidos.

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¿En qué momento los padres y profesores nos hicimos enemigos?

Estoy segura que han visto esa imagen que caricaturiza la educación de hace 30 años atrás con la actual, si no la han visto, se las dejo aquí. Y claro, al principio da risa pero, si lo pensamos en serio no tiene nada de divertido ver cómo cada día algunos padres y profesores remamos para lados totalmente distintos.

Si bien es cierto, todos estamos intentando brindar una mejor educación a nuestros niños creo que la forma en que estamos planteándonos este objetivo es la que nos tiene en esta disputa.

Hace unos meses atrás, en una entrevista de apoderados, me tocó conversar con la mamá de un chico que le pegó al compañero en la sala de clases. No porque estuvieran peleando, o porque el chico estuviese enojado, simplemente le pegó porque le pareció divertido. Cuando le comento esto a la mamá, ella – con una cara de “me estás haciendo perder el tiempo” – me dice: “Ayyy pero tía, si los niños JUEGAN así”. No, mamá, los niños NO JUEGAN así. Y tal como le dije a ella en esa oportunidad: “Puedo entender esa respuesta de los chicos, porque son niños, están aprendiendo y aun pueden cometer el error de confundir un juego con darse golpes solo porque sí, pero no puedo entender esa respuesta de una mamá, el adulto responsable que está guiando a esos niños cuando ellos no están en el colegio”.

Podría comentar cantidad de historias que me ha tocado escuchar en entrevistas de apoderados, durante conversaciones de pasillos, a la salida del colegio, en el paradero, en la plaza, o en donde sea porque los papás te paran en cualquier parte asumiendo que como eres profesor, debes “atenderlo” en cualquier parte (cosa por la que también me he ganado la antipatía de varios papás a los que no he atendido en mi hora de colación o, incluso a las 7 de la tarde cuando voy en dirección a tomar la micro a mi casa). Lo que más me impacta es que el rol del profesor perdió el norte de una forma increíble.

Si bien es cierto, nuestro rol siempre ha sido: dirigir, enseñar, educar, guiar, acompañar; creo – humildemente- que en el pasado esta tarea se vivía de manera diferente, porque muchas de estas cosas venían aprendidas desde la casa y ojo que no estoy diciendo que ninguna familia está haciendo lo que debe con sus hijos, pero seamos honestos, hace 10, 20 30 y 40 años atrás ningún niño de 10-13-15-18 años le iba a levantar la voz, decirle una grosería o golpearle la puerta a un profesor “solo porque sí” y sé que eso también pasaba hace 30 o 40 años atrás, pero tenía que ser un caso muy puntual.

Papás amenazando a profesores con demandarlos, exigiéndole a los colegios que “pasen de curso” a sus hijos sino van a ir al Ministerio y van a dejar la escoba, niños grabando las clases para acusar a sus profesores, apoderados reclamando por las notas de sus pupilos, profesores evadiendo entrevistas de apoderados, y todos en la más absoluta hipocresía de la sonrisa cortés en la entrada del colegio para luego hablar pestes los unos de los otros, creando páginas de facebook en contra de los profesores, enseñándole a sus hijos que la manera adecuada de resolver los conflictos es crear ambientes de tensión, cinismo, y habladurías.

Cada vez hay menos papás asistiendo a reuniones, menos actividades escolares donde se vea una participación real, menos sentido de pertenencia al colegio, menos profesores queriendo compartir con los estudiantes… esperando que sea la hora de irse pa poner el dedo o marcar la salida y mandarse cambiar a sus casas.

Estamos criando niños con cero tolerancia a la frustración, acostumbrados a recibirlo todo en bandeja con tal de no oírlos quejarse o armar escándalo, convencidos que un 3,9 no es tan malo, total igual va a ser un 4,0 a final de año, niños que creen que hacer una tarea una vez cada tres semanas es tortura y que los profesores no tienen derecho a llamarles la atención cuando se están portando como niños malcriados porque ellos “no son sus padres”, niños que creen que copiar, hacer la cimarra, o aparecer en el trabajo grupal sin haber hecho nada es bueno porque “eso hacen los bacanes”. Estamos perdiendo el sentido de honorabilidad, la honestidad, la decencia, la transparencia, la comunicación sensata, asertiva, la humanidad.

Cada día me asombra más saber que alumnos llegan a institutos y universidades sabiendo cada vez menos, no estamos valorando los conocimientos, el estudio, el esfuerzo y el trabajo y eso me apena profundamente.

Cada vez veo la relación escuela-familia más lejana y los únicos afectados son los niños, lamentablemente para todos, en la medida que los adultos no abramos los ojos y veamos el error que estamos cometiendo, esta cosa va a seguir así por un largo tiempo más.

¿Oficina o aula?

K:…”yo debería hacer investigación”
B:- “Pero los cambios se hacen desde el aula poh, Karla”

Y entonces, después de mucho analizar y darle vueltas al asunto, cambio mi discurso.

K: -“Me encantaría hacer investigación, siento que hay muchos hoyos en esta cuestión de la educación, pero prefiero estar en aula”
E -“¿Cómo vas a lograr cambios en aula si no solucionas los horrores que hay en estos momentos?”

Y acá estoy, de nuevo, sin saber hacia donde apuntar. Es cierto que se pueden combinar las dos cosas, no lo descarto para nada, pero creo que esas cosas están pensadas para personas más capacitadas que yo. Me encantaría idear módulos nuevos, mejorar los existentes, ampliar la visión de nuestras prácticas pedagógicas pero, si no estás en terreno trabajando con los enanos, ¿cómo puedes tener una visión acabada de lo que sucede en el aula?

Probablemente sea un problema mínimo en el que me estoy ahogando… quiero traer a las salas de clase modelos que promuevan el desarrollo de las habilidades de los estudiantes, que prioricen las aptitudes, no la memoria, que no califiquen ni sitúen a los chicos en un nivel acorde a la disciplina sino a sus aptitudes y su capacidad de aplicar las disciplinas en el área que ellos quieran desarrollarse. Hay que volver a traer el juego, la imaginación, los desafíos, el estar pensando constantemente…sino, estamos caminando a un precipicio.

Es tan gratificante cuando un estudiante logra construir sus aprendizajes, es positivo para ellos y sin duda nos fortalece a nosotros, los docentes. Proponerles desafíos, pedirles que jueguen, que imaginen… utilizar las herramientas que ellos manejan, no las que a nosotros nos facilitan la vida… crear instancias donde podamos mezclar todo, eso es lo que falta.

Tengo ideas, montones… y muchas veces las pongo en práctica aunque sería de muchísima más ayuda si estas ideas tan buenas mías, de mis colegas, de otros docentes indecentes como yo, de personas con más experiencia, de algunos inexpertos con ganas, de todos nosotros, pudieran ser aplicables como estrategias en todas las aulas, modelando cada actividad según el contexto de cada escuela, considerando los intereses de esos enanos, promoviendo el construir… que sean unos mini ingenieros unos imaginadores, unos pensadores. ¿No son esos locos pensadores de antaño los que nos asombraron con sus descubrimientos?

Todos necesitamos libertad para crear, para imaginar, para pensar… ya es tiempo que entendamos que no podemos obligarlos a crear si los tenemos 1.30 hrs. sentados en bancos alineados mirando un pizarrón inerte que escupe fórmulas poco amigables y en idiomas extraños.

Prácticas pedagógicas y docentes indecentes

Hace exactamente una semana tuve una conversación poco grata con una compañera de trabajo que, además de ser una colega, la considero una buena amiga. Fue una conversación desagradable y poco productiva, me sentí atacada y me dolió…

Al parecer ella y otro profesor más se sintieron mal porque dos cursos que, justamente son de sus jefaturas, tuvieron malas reacciones con ellos, fueron irrespetuosos y les contestaron de mala forma. Entiendo que eso no es para nada agradable pero, creer que eso es producto de mis prácticas pedagógicas me parece insólito.

Los chicos dijeron que “la única profesora que se merecía el respeto de ellos era yo porque yo los trataba bien, no como el resto de los profesores que los insultaba y los maltrataba” Ok, analicemos (es lo que estuve haciendo durante todos estos días)

Los chicos no debieron decir eso, no corresponde ni es forma de responderle a ningún otro ser humano. Todos nos debemos respeto solo por que sí, ellos no tienen ninguna autoridad para decidir a quién respeta y quién no pero…

No deja de ser verdad que los profesores y muchos adultos que trabajan en este establecimiento hacen la vista gorda de lo que a los chicos les sucede, tienen formas que alejan a los estudiantes de ellos y tienden a ridiculizar a los chicos (adolescentes que por naturaleza son contestadores, enojones y rencorosos)

No espero que todo el mundo quiera formar lazos con los estudiantes pero al menos espero que los profesores lo hagan. Entiendo que no todo el mundo puede tener la misma visión que yo y eso es respetable, pero pucha que da rabia cuando las personas culpan a mis prácticas pedagógicas de la respuesta de los chicos cuando lo que debieran hacer es mirar cómo abordan ellos a esos chicos y qué es lo que hacen para establecer relaciones armoniosas con cada curso por complejo que sea. Soy profesora de matemática y solamente por eso me presento ante mis estudiantes entendiendo que varios van a odiarme antes que los salude o me presente… no voy a empeorar esa carga descalificando, además, a los chicos… no es mi estilo, no son mis formas, no reflejan mi visión de ejercer la docencia.

No estoy diciendo que todos los profesores deban apadrinar a un chico o a una chica y desvivirse por ellos, estoy hablando de un trato respetuoso, cálido, comprensivo y que haga que los enanos entiendan que estamos con ellos para ayudarlos a avanzar, a romper tradiciones, a descubrir sus potencialidades, a sacarlos del maldito círculo vicioso que esta sociedad alimenta.

Como pueden ver, sigo siendo una docente indecente por primera vez criticada directamente por una compañera de trabajo que considera que mis prácticas pedagógicas influencian de manera negativa en la forma en la que el resto de los estudiantes se relacionan con el profesorado, como si yo quisiera ponerlos en contra de ellos o como si quisiera invalidar su trabajo… Por favor!

Y la guinda de la torta fue su frase: “Yo sé por todo lo que tú pasaste cuando chica y entiendo el por qué quieres tanto proteger a estos niños, pero yo no soy así, yo vengo, hago mi pega y chao. No siento que me corresponda hacerme cargo de los dramas emocionales de ellos ni lo voy a hacer”

Para reflexionar, no?

Días lluviosos… en la escuela

Cada vez que cambio de trabajo me sorprende la individualidad, la personalidad la forma en que cada entidad enfrenta, como si fuese una persona, el tema de los días lluviosos.

En la mayoría de los colegios donde dan beca de alimentos, la asistencia no varía mucho respecto de un día “normal”. Sin embargo, en un colegio particular subvencionado, la asistencia es casi nula… escuelas fantasma… En los privados, dependiendo de la orientación del establecimiento, los chicos con todos-los-recursos-del-mundo van o dejan de ir a clases según su antojo.

Hay un fenómeno curioso que se suscita cuando llueve: los chicos andan, en general, más activos de lo normal. No sé si es un escenario adecuado o no para la enseñanza pero creo que sí lo es para la creatividad. El andar más activo me sugiere pensar en más cosas ilógicas… creo que los chicos podrían explotar esa posibilidad si pudiéramos guiarlas de buena manera, quién sabe? quizás soy solo yo con ideas ilógicas en un día lluvioso.

Hay algo de sanador en escribir a estas horas, bajo esta lluvia, en estas condiciones… tiene que ver con la no-libertad que sé que estoy violando al hacerlo en horario de trabajo,, pero también tiene que ver con que puedo observar a las avecillas, mirando el pizarrón medio absortos en alguna película “ad-hok” al día lluvioso… entre los dos cursos no llegamos a 10 presentes y eso es triste-pero-no-tanto.

Probablemente los días lluviosos se mantengan así en esta región poco adepta a mojarse un par de días al año, seguro si viviéramos en el sur, esto no nos sucedería…pero vivimos acá cerca del mar, acostumbrados a temperaturas cálidas y soles que calientan tímidamente a partir de mediados de septiembre, justo cuando el olor a asados y empanadas va desapareciendo… cuando florecen las alergias, cuando nos despojamos de kilos de ropa que antaño nos impedía movernos a nuestro gusto…

Quizás no cambie, incluso, no creo que quiera que cambie… me gusta enseñar pero también me gusta esta paz, estudiantes libres del yugo del docente, sintiéndose cómodos ante la falt de presión, adorables avecillas que se acurrucan evitando el frío y que pueden – un par de días al año – mirar su espacio educativo como algo más luminoso que la cárcel que enfrentan todos los días…durante más de 12 años.

No sea docente si…

Ya saben que llevo unos 14 años ejerciendo la docencia. A veces de maneras decentes (sobre todo al inicio de mi carrera profesional) y, más tarde, cuando abrí los ojos  y logré obtener mi propia mirada global de nuestra situación como país/profesionales/cultura/personas, me convertí en esta docente indecente que cada día se va metiendo en más líos pero que cada noche duerme más tranquila sabiendo que hizo lo que creyó correcto, lo que mejor iba a impactar en sus estudiantes o, lo que su convicción la empujó a hacer.

Llevo unos días viendo situaciones que me sacan de mis casillas y, no es que yo sea el modelo a seguir para ejercer la docencia, no es este un testimonio de pedantería ni un manual único para ser el mejor profesor del mundo. Sé y estoy clarita que tengo muchas cosas que aun debo pulir, otras que, definitivamente debo cambiar y, millones de estrategias que debo aprender.

Hace rato quiero escribir esta entrada y he pensado mucho en las respuestas que podría tener si muchos docentes decentes lo leyeran. Entienda, por favor, que esta no es una crítica inquisitiva donde pretendo que los profesionales que se han partido el lomo por años con los estudiantes sientan que esta pendejita de 34 viene con el libro de la sabiduría bajo el brazo, ciertamente no es así… pero quizás sí es una guía con tips para que, los futuros docentes de nuestro país, tengan en consideración antes de elegir estudiar pedagogía.

Bueno, no más vueltas…

No sea docente si…

  • Cree que, con el tiempo, puede llegar a “acostumbrarse”: No, no sea ilus@. La carrera de pedagogía lo que más necesita son personas que tengan vocación (sí, ese “no se qué” que le inclina a enseñarle a sus compañeros de colegio, a su familia, a quien sea). Sin vocación, esta tarea podría ser fácilmente un infierno en el que no solo usted va a estar ardiendo en las llamas eternas, sino también, sus estudiantes.

  • Cree que va a hacerse millonario: Puede que, si continúa sus estudios, entra en un establecimiento o institución educativa que pague “más que la media” y, si sabe negociar, gane un sueldo “decente” dependiendo de su especialización/mención y diplomados, posgrados y blá blá blá. Pero, la realidad es otra. Somos personas culturalmente muy apreciadas y económicamente muy maltratadas.

  • Piensa que estudiar pedagogía es la rampa para estudiar otra cosa más adelante: Por favor, si su idea era ser abogad@, ingenier@, cinetífic@, kinesiólog@ o cualquier otra profesión que no está ligada directamente a trabajar educando niños, adolescentes ni enseñando a jóvenes o adultos, no venga a revolver los pollos a un establecimiento educativo. Hágalo por el bien de todos: el suyo (se lo aseguro), el de sus estudiantes e incluso el de sus compañeros de trabajo.

  • Solo entra porque “es lo que le alcanza con el puntaje que obtuvo”: Remítase al punto 1 y, además le cuento que los docentes deberían ser las personas con más puntaje y que rindieran una prueba de talentos pedagógicos, que fuesen evaluados por algún especialista antes de ingresar y, al terminar la carrera. Porque sucede, queridos lectores, que el docente es el responsable del 70% (o más) de los conocimientos, valores, educación, actitudes y comportamiento general de los que serán “El futuro de nuestro país”. Y, por mucho que digan que la familia debería hacerse cargo – cosa con la que estoy absolutamente de acuerdo- la realidad es otra y hay que ser realistas -no idealistas- porque es el futuro de las nuevas generaciones lo que está en nuestras manos.

  • Piensa que la pega administrativa es un mero trámite: Lamentablemente le cuento que las planificaciones, creación de instrumentos evaluativos válidos y coherentes, preparación de resúmenes de notas, observaciones al final de cada semestre a cada uno de sus estudiantes, reuniones de consejo de profesores, de padres y apoderados, preparación de actividades asociadas al establecimiento (aniversarios, feriados nacionales, religiosos en algunos casos, etc) le va a quitar tiempo de su trabajo, de sus clases y, probablemente, de su vida personal.

  • Cree que la docencia implica solamente la transferencia de conocimientos de su cerebro al de sus estudiantes: Un día va a llegar a clases y va a darse cuenta que uno de sus estudiantes se quedó dormido, o que está llorando, o anda de mal genio, o que le contestó de mala manera, o incluso que simplemente no le está poniendo atención. Para todas estas situaciones hay millones de explicaciones en las que debemos indagar porque probablemente no sea algo tan simple como “no me interesa su clase”, “le tengo mala” o “soy adolescente y, por eso soy rebelde”. Entiendo y créame que sé el desgaste emocional que puede llegar a ser pero, en muchas ocasiones, somos nosotros los únicos a quienes ellos pueden recurrir y, si construimos esa barrera de docente-alumno es muy probable que la segunda opción de estos pollos sea pedirle consejo a alguno de sus amigos que, estando en la misma etapa emocional, poca  ayuda pueden ofrecer comparada con el juicio de un adulto responsable que ya ha vivido muchas de las experiencias que ellos recién comienzan a experimentar. Vuelvo a insistir en el rol de la familia, pero, en la medida que ellos no se hagan cargo y, muy a pesar que nosotros trabajemos constantemente la inclusión de los padres en su rol, lo cierto es que no podemos dejar botadas a esas avecillas. Alguien tiene que hacerse cargo y muchas veces tendrá que ser usted.

Podría, probablemente seguir escribiendo muchos otros puntos que están en mi cabeza pero, lo que pretendo con esta entrada es que usted la lea y reflexione, no que la deje a la mitad y se dedique a escribirme una sarta de réplicas asociadas a que los docentes nos merecemos sueldos decentes, que deberíamos tener 50/50 para trabajar de manera decente, que no podemos hacernos cargo de todo el mundo sobre todo cuando tenemos cursos de 45 y hasta de 48 estudiantes en riesgo social y todo eso que yo ya sé, que ya viví y que entiendo y apoyo. Lo cierto es que, somos docentes, estamos en lo que estamos porque queremos, nos derretimos cuando un estudiante logra algo, no somos rencorosos y cada día empezamos una jornada como si ayer no hubiera pasado nada, nos desvelamos muchas veces pensando en nuestros enanos, maldecimos al gobierno de turno pero igual nos dan las 2 am preparando material.

Créame que yo también quiero que el sistema cambie, también marcho y me gustaría ganar más y trabajar solo en mi jornada de trabajo… pero la realidad es otra y, mientras no obtengamos lo que estamos pidiendo, no puedo volcar toda esa rabia en mis estudiantes, ellos son los que menos culpa tienen en este tema y son los que, al final y la mayoría de las veces, salen más perjudicados.

A modo de BONUS TRACK, les dejo un link que me interesó sobre los “tipos de docentes”

¿Cómo no ser una docente indecente?

Durante mis 14 años de experiencia pedagógica – entre reemplazos y contratos – he ido puliendo mi forma de ejercer mi bella profesión: ser docente.
Primero, comencé siendo “profe”: la profe joven que hace reemplazos esporádicos, que interviene en la vida de los estudiantes por no más de un par de semanas que, dependiendo de los consejos de sus colegas es “pesada” o “simpática” con sus niños, que vive el trauma de la “profecía autocumplida”, que tiene ganas pero que no tiene experiencia, que tiene conocimientos, mas no muchas herramientas. Que la confunden con una estudiante más -tanto los funcionarios como los estudiantes- que se pierde en la relación “profesor preocupado”/”profesor amigo”. Que no tiene la suficiente inteligencia emocional para manejar los conflictos de cada individuo que se cruza en su camino, en su vida, que entra en su corazón y que le quita el sueño: “Profe, no dormí bien porque llegaron visitas a mi casa y tuve que dormir en el sillón, dormí pésimo y, ahora, por más que intente ponerle atención, tengo sueño. ¿Me puedo ir a mojar la cara?”. “Profe, yo siempre he sido mal@ para la matemática, no se estrese conmigo, si total igual no voy a aprender”. “Profesora, no se preocupe si Juanito se saca malas notas, él hace lo que puede, su mamá y yo siempre fuimos negados para su asignatura”. “Mami, estoy embarazada (octavo básico). “Profe, profe, profe…”

Con el tiempo me di cuenta de muchas cosas que nadie me enseñó, cosas que se aprenden haciendo: Cómo lidiar con las dificultades ajenas a tu asignatura, cómo traspasar las barreras socio-económicas, culturales, familiares… Recuerdo a una madre que en una entrevista de apoderados me dijo: “¿y qué quiere que haga? Yo vengo saliendo hace un mes de la cárcel y la “Juanita” siempre ha vivido con su abuela. Yo no la conozco, no le puedo estar exigiendo nada porque si a su abuela no le hace caso, a mi, menos”.

Nunca me gustó la palabra “profe” y en mis primeros años les exigía a mis estudiantes que me dijeran: “profesora”. La palabra “señorita” no me gustaba pero “profe”, esa me causaba urticaria… Hoy, 14 años después, los chicos me llaman: Karla, miss, profe, profesora, tía, señorita, seño, incluso en alguna ocasión los más enanos se confunden y me dicen “mamá”.

Mi último trabajo duradero fue en un establecimiento educativo que la comunidad conocía como “espacio educativo”, un lugar donde las palabras “y no sólo”, “me hace ruido” “espacio educativo” “modelos mentales” “interdisciplina”, “metodología globalizada”, “evaluación diferenciada” “enseñanza a través del afecto” “coaching”, entre otras, eran el pan de cada día. Aprendí mucho, mucho… en verdad aprendí mucho. Tuve un Jefe de UTP que se merecía cada elogio que pudiera otorgarle, un grupo de compañeros de trabajo -incluidos administrativos, docentes, equipo de gestión, auxiliares, ayudantes, las tías del casino, encargados de la sala de computación – todos o, su inmensa mayoría, valían su peso en diamantes, obtuvimos éxitos en el SIMCE en el CMAT, éramos ñoños y nos gustaba. Me hice de grandes y muy buenas amistades que aun conservo y que pretendo cultivar para toda la vida.

En ese “espacio educativo” podías ser el profesor que quisieras, ser un “docente decente” pero, lamentablemente las libertades traen consigo muchas responsabilidades que, aun a mis 33 años en ese momento, no supe manejar de la manera adecuada. Mis estudiantes desde quinto básico a segundo medio eran todos TODOS maravillosos, el curso de mi tutoría era fabuloso, aun lo son, mis apoderados personas valiosísimas… pero me despidieron o, como le llaman hoy “me dejaron en libertad de no-se-que-cosa” libre? para qué?. Las razones que me dieron no fueron razones… El director partió diciéndome:”no puedo decirte que eres mala profesional, que no eres comprometida, que no te preocupas por tus niños, que no los conoces a todos y cada uno de ellos, que no cumples con tus funciones” y yo pensaba… “y entonces qué es lo que SI me puede decir?” El problema era que yo era una docente indecente; no por usar un aro en la lengua o por tener tatuajes, ni siquiera por usar pantalones de jeans o ir con zapatillas. El problema era que yo tenía “problemas”, era “inestable”, tenía “pena” y eso podía afectar a mis estudiantes…

Y, entonces estuve todo el primer semestre de este año sin trabajar, no quería dañar a ningún niño, no quería ser la responsable de que ellos pudieran sufrir porque: “se notaba que la profe tenía pena”. Pero… y qué pasa con el profe que tiene rabia? con el que maltrata a sus estudiantes? con el que los ignora? el que sólo va a “hacer su pega”?

Me costó 7 meses entender que mi indecencia era parte de la vida, que las emociones nos suceden y tenemos que aprender a lidiar con ellas, que hablar con tus niños sobre la vida (resguardando sus capacidades para comprender ciertas situaciones) no estaba mal, no era indecente… era sano, les enseñabas que la vida no siempre es fácil, ni para ellos, ni para nosotros “los profes que no comen, no duermen no tienen familia, ni penas de amor, que no van al baño ni tienen problemas, los que no beben ni fuman, esos seres semidioses bajados directamente del Olimpo para hacer acto presente ante estos cerebritos humanos en desarrollo y llenarlos de conocimientos y cosas por el estilo.”

Busqué trabajo y claro, con mi currículum encontré más de una oferta, pero seguía triste, sentía que había dejado a “mis pollos” abandonados y ellos se sentían igual. Eso, gracias a la tecnología y mi facilidad para viajar a visitarlos (porque me cambié de ciudad), es algo que hemos podido manejar de manera que seguimos en contacto, al igual que con muchos de mis ex alumnos de otros establecimientos.

Todavía tengo pena, aun soy una docente indecente, todavía sigo teniendo buenos y malos días pero, tengo más herramientas para lidiar con eso. Estoy en un nuevo Colegio, con nuevos estudiantes que son diametralmente distintos de mis ex enanos… acá “no se creen el cuento” sienten que son tontos, flojos, que no sirven… UFFF!!! Mi pega acá es distinta a la anterior, mi meta es lograr que ellos se den cuenta que pueden ser todo lo que quieran llegar a ser, va a costarme, no me importa, elegí ser docente porque me gusta. Las lucas? sirven, hoy son pocas comparadas con las del año pasado, pero tampoco me importa, hago clases en el Propedéutico de mi universidad y soy ayudante académica… tengo miles de títulos que creí que una docente-indecente no podría llegar a tener jamás.

Saben qué es lo más extraño? es que acá soy una docente-decente porque me visto como se debe, hago mi pega, me salgo un poco de prototipo porque sigo haciendo mis clases a mi manera, con mis propias tácticas motivacionales y siento que sigo obteniendo resultados como antes… hasta que un día uno de mis nuevos jefes me volvió a poner el título de “indecente”; de nuevo hago la pega bien, los chicos conmigo funcionan fabuloso, están aprendiendo y se ven motivados, pero… tengo un aro en la lengua y “usted sabe, profesora, que los profesores deben dar el ejemplo”. Qué ejemplo? no usar un piercing? será esto más indecente que burlarse de los estudiantes en el casino de profesores, decirle a otros docentes que en este colegio los alumnos son flojos o, quizás, en alguna reunión de apoderados decirle abiertamente a los padres de estos enanos que es seguro que ninguno de ellos llegue a la universidad?

No lo sé… sigo caminando entre la decencia y la indecencia… sigo queriendo ser docente, sigo creyendo que se puede, pero soy un ser humano y hay días en que no quiero dar la pelea… por lo pronto, voy a seguir peleando contra mis propias ganas de desistir… mientras pueda volver a ponerme de pie, lo haré y, si no puedo, sé que hay un buen grupo de manos que estarán ahí dispuestas a sacarme de las arenas movedizas de un sistema que aun no me convence ni mucho menos me convierte.

De corazón a mi familia, mis amigos pero, sobre todo, a mis estudiantes.